martes, 4 de julio de 2017

padre



Eran las 8:30 pm del jueves 22 de agosto del 2013 cuando, en la policlínica Carúpano,  dejó de existir en este mundo  nuestro tan querido “papaíto”; estaban junto a él mis hermanos Martha y Félix, la una por que vive allá y el otro por que,  prácticamente, también vive allá;  ochenta y nueve años , seis meses y veintidós días duro su paso por esta vida; una vida muy dura que le tocó vivir; pero que cosas,  nunca lo oí quejarse, ni renegar de nada; a los veintiún años  debió hacerse responsable por la crianza de sus seis hermanos menores, debido a la trágica muerte de su padre el señor José Ignacio Fernández.
Mi padre fue un hijo más de la Venezuela rural de los años veinte, cuando era normal y hasta bien visto que un hombre tuviera dos familias; una legítima y otra ilegítima, algo así como los bastarditos; esa familia fue la que formó mí querida abuela “Bocha” cuyo nombre era Ambrosia Subero, de esa unión nacieron nueve hijos, mi padre fue el tercero; todos vieron la luz en el caserío Catuaro; caserío rural ubicado en la jurisdicción de Río Caribe, más ó menos  al sureste a 30 minutos en vehículo por vía asfaltada hasta Quebrada Seca y desde allí vía de tierra, como a 10 minutos caminando; ese caserío era la vida de mi padre; en los últimos quince años que se vio obligado a vivir en Carúpano a consecuencia de su convalecencia por el primer infarto, su mayor alegría era cuando lo llevaban a su querido Catuaro; eso lo revitalizaba, siempre pendiente de su casa, de sus terrenitos y de sus maticas de cacao.
A pesar de que su padre poseía haciendas de cacao y café y tierras suficientes  donde sembrar cualquier fruto, su condición de hijo ilegítimo no le permitió heredar ni disponer absolutamente de nada; por eso en la época del boom petrolero en el estado Monagas, se aventuró junto a sus hermanos Luis Subero y Emilio Fernández, por los caños del Delta, pasando por Guariquen y llegando al río San Juan a través del cual llegaron a Caripito , en busca de trabajo en los portones de los campos petroleros, con la mala suerte que mi padre salió con hernia inginal y le exigieron que se operara, entonces él prefirió regresar a su Catuaro del alma antes que permitir que lo operaran, tampoco tenía ni paciencia ni desenvoltura para hacerlo en el hospital, mi padre era analfabeto, formaba  parte de las estadística al respecto, tal vez por eso su situación era más difícil que la de sus hermanos que sí sabían leer y escribir, tal vez por eso ellos sí lograron entrar en la industria petrolera como obreros; su hermano Luis Subero por un tiempo luego se perdió  30 años por los caños viviendo su vida bohemia y de parranda y su otro hermano, Emilio Fernández, si permaneció y formó carrera en esa industria a lo largo de todo el país, pero también se perdió y se alejo de la familia, formó su propia familia que nunca nadie conoció.
Mi padre amaba su tierra y lo que esta representaba, era un agricultor de alma y corazón, por eso regreso y se quedó trabajando con su hermano Carmen Fernández quien se quedó a cargo de todas las haciendas de su padre, el único de sus hermanos que siempre estuvo a su lado  hasta el final fue mi padre, a pesar de que sólo eran medios hermanos y que, a mi parecer, mi tío Carmen era algo injusto, pero de esa otra familia sólo mi tío Carmen , al menos se ocupó de mí abuela Bocha y de sus hijos, a cambio mi abuela fue la niñera de su familia , la que formó con Chon Rivas, sobre todo de sus hijas a las que siempre cuidó.
Mi tío Carmen le cedió a mi padre un terrenito que no era más que una puntica de hacienda en las cabeceras del río Catuaro, en un sitio llamado El Rincón, sólo era  un rinconcito en la cuesta de un cerro, allí sembró mucho aguacate, yuca, ocumo, ñame, mapuey y cosechaba cacao y café, en muy poca cantidad pero su honestidad y responsabilidad lo obligaban a compartir todo por la mitad con su hermano Carmen,  a pesar que el otro no lo necesitaba; otro terrenito que trabajo por casi toda su vida se lo cedió su hermano Francisco “Chico” Subero cuando se fue de Catuaro para Caripito con su familia en busca de una mejor vida; ese terrenito es sólo una faldita de otra hacienda, nunca se supo de quien era, quienes eran sus dueños legítimos, mi padre compartía todo con un señor flaquito que llegaba en un burro, se llamaba Luis Felipe, pero ese señor desapareció un día y nunca más volvió, tal vez se murió, mis últimos recuerdos de ese señor se remontan a mi mas tierna infancia; ese terrenito era su más preciado tesoro, tal vez por su cercanía y accesibilidad, allí sembró y cosecho cacao, café, aguacate, yuca, maíz, ocumo y cualquier otra cosa; con la mitad del producto de esos dos terrenitos y con su salario de jornalero, que hasta donde recuerdo eran 5 Bs diarios, en las haciendas de mi abuelo Baldomero Lugo, quien era su tío por parte de padre, y en las haciendas que su hermano Carmen Fernández heredó del padre de ambos, terminó de criar a sus hermanos y formó su propia familia con su prima Elena hija de Baldomero Lugo, en donde nacimos diez hijos a los que nunca inscribió en el registro civil ni nos reconoció como sus hijos legítimos mí madre tampoco se lo exigió; por tanto en su acta de defunción o aparece el nombre de ningún de nosotros, sólo el nombre de su madre Ambrosia Subero; convivió 62 años junto a nuestra madre, nunca se casaron , pero siempre fueron fieles el uno al otro hasta que la muerte los separó; los últimos 15 años se acompañaron en sus achaques.
A pesar de que en su niñez, juventud y adultez no prendió ni a leer ni a escribir, en su vejez aprendió a leer pero no a escribir,  y fue su gran ayuda en sus últimos 15 años, por que leyó mucho sobre todo después que le operaron las cataratas de los ojos, la lectura fue su gran aliada. Alguna vez me dijo que antes no aprendió ya que su maestro era su hermano Carmen quien a su parecer no tenía paciencia, era muy exigente y los maltrataba, por eso se rebeló y no aprendió.
El 22 de septiembre se cumplió el primer mes de su ida al mas allá en donde debe haberse encontrado con Bochita y sus hermanos, estoy segura que están en la gloria y descansando en paz ya que nunca hicieron daño a nadie, su vida fue de entrega y sacrifico por los demás, aceptando con resignación lo que el señor, nuestro padre eterno, disponía para ellos.
Adiós padre, se que le irá bien en ese transitar, estas con los tuyos, con los Subero, aquí quedamos los Lugo.

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