Eran las 8:30 pm del jueves 22 de
agosto del 2013 cuando, en la policlínica Carúpano, dejó de existir en este mundo nuestro tan querido “papaíto”; estaban junto
a él mis hermanos Martha y Félix, la una por que vive allá y el otro por que, prácticamente, también vive allá; ochenta y nueve años , seis meses y veintidós
días duro su paso por esta vida; una vida muy dura que le tocó vivir; pero que
cosas, nunca lo oí quejarse, ni renegar
de nada; a los veintiún años debió
hacerse responsable por la crianza de sus seis hermanos menores, debido a la
trágica muerte de su padre el señor José Ignacio Fernández.
Mi padre fue un hijo más de la
Venezuela rural de los años veinte, cuando era normal y hasta bien visto que un
hombre tuviera dos familias; una legítima y otra ilegítima, algo así como los
bastarditos; esa familia fue la que formó mí querida abuela “Bocha” cuyo nombre
era Ambrosia Subero, de esa unión nacieron nueve hijos, mi padre fue el tercero;
todos vieron la luz en el caserío Catuaro; caserío rural ubicado en la
jurisdicción de Río Caribe, más ó menos
al sureste a 30 minutos en vehículo por vía asfaltada hasta Quebrada Seca
y desde allí vía de tierra, como a 10 minutos caminando; ese caserío era la
vida de mi padre; en los últimos quince años que se vio obligado a vivir en
Carúpano a consecuencia de su convalecencia por el primer infarto, su mayor
alegría era cuando lo llevaban a su querido Catuaro; eso lo revitalizaba,
siempre pendiente de su casa, de sus terrenitos y de sus maticas de cacao.
A pesar de que su padre poseía haciendas
de cacao y café y tierras suficientes donde sembrar cualquier fruto, su condición de
hijo ilegítimo no le permitió heredar ni disponer absolutamente de nada; por
eso en la época del boom petrolero en el estado Monagas, se aventuró junto a
sus hermanos Luis Subero y Emilio Fernández, por los caños del Delta, pasando
por Guariquen y llegando al río San Juan a través del cual llegaron a Caripito ,
en busca de trabajo en los portones de los campos petroleros, con la mala
suerte que mi padre salió con hernia inginal y le exigieron que se operara,
entonces él prefirió regresar a su Catuaro del alma antes que permitir que lo
operaran, tampoco tenía ni paciencia ni desenvoltura para hacerlo en el
hospital, mi padre era analfabeto, formaba parte de las estadística al respecto, tal vez
por eso su situación era más difícil que la de sus hermanos que sí sabían leer
y escribir, tal vez por eso ellos sí lograron entrar en la industria petrolera
como obreros; su hermano Luis Subero por un tiempo luego se perdió 30 años por los caños viviendo su vida
bohemia y de parranda y su otro hermano, Emilio Fernández, si permaneció y
formó carrera en esa industria a lo largo de todo el país, pero también se
perdió y se alejo de la familia, formó su propia familia que nunca nadie
conoció.
Mi padre amaba su tierra y lo que
esta representaba, era un agricultor de alma y corazón, por eso regreso y se
quedó trabajando con su hermano Carmen Fernández quien se quedó a cargo de
todas las haciendas de su padre, el único de sus hermanos que siempre estuvo a
su lado hasta el final fue mi padre, a pesar
de que sólo eran medios hermanos y que, a mi parecer, mi tío Carmen era algo
injusto, pero de esa otra familia sólo mi tío Carmen , al menos se ocupó de mí
abuela Bocha y de sus hijos, a cambio mi abuela fue la niñera de su familia ,
la que formó con Chon Rivas, sobre todo de sus hijas a las que siempre cuidó.
Mi tío Carmen le cedió a mi padre
un terrenito que no era más que una puntica de hacienda en las cabeceras del
río Catuaro, en un sitio llamado El Rincón, sólo era un rinconcito en la cuesta de un cerro, allí
sembró mucho aguacate, yuca, ocumo, ñame, mapuey y cosechaba cacao y café, en
muy poca cantidad pero su honestidad y responsabilidad lo obligaban a compartir
todo por la mitad con su hermano Carmen,
a pesar que el otro no lo necesitaba; otro terrenito que trabajo por
casi toda su vida se lo cedió su hermano Francisco “Chico” Subero cuando se fue
de Catuaro para Caripito con su familia en busca de una mejor vida; ese
terrenito es sólo una faldita de otra hacienda, nunca se supo de quien era,
quienes eran sus dueños legítimos, mi padre compartía todo con un señor
flaquito que llegaba en un burro, se llamaba Luis Felipe, pero ese señor
desapareció un día y nunca más volvió, tal vez se murió, mis últimos recuerdos
de ese señor se remontan a mi mas tierna infancia; ese terrenito era su más
preciado tesoro, tal vez por su cercanía y accesibilidad, allí sembró y cosecho
cacao, café, aguacate, yuca, maíz, ocumo y cualquier otra cosa; con la mitad
del producto de esos dos terrenitos y con su salario de jornalero, que hasta
donde recuerdo eran 5 Bs diarios, en las haciendas de mi abuelo Baldomero Lugo,
quien era su tío por parte de padre, y en las haciendas que su hermano Carmen
Fernández heredó del padre de ambos, terminó de criar a sus hermanos y formó su
propia familia con su prima Elena hija de Baldomero Lugo, en donde nacimos diez
hijos a los que nunca inscribió en el registro civil ni nos reconoció como sus
hijos legítimos mí madre tampoco se lo exigió; por tanto en su acta de
defunción o aparece el nombre de ningún de nosotros, sólo el nombre de su madre
Ambrosia Subero; convivió 62 años junto a nuestra madre, nunca se casaron ,
pero siempre fueron fieles el uno al otro hasta que la muerte los separó; los
últimos 15 años se acompañaron en sus achaques.
A pesar de que en su niñez,
juventud y adultez no prendió ni a leer ni a escribir, en su vejez aprendió a
leer pero no a escribir, y fue su gran
ayuda en sus últimos 15 años, por que leyó mucho sobre todo después que le
operaron las cataratas de los ojos, la lectura fue su gran aliada. Alguna vez
me dijo que antes no aprendió ya que su maestro era su hermano Carmen quien a
su parecer no tenía paciencia, era muy exigente y los maltrataba, por eso se
rebeló y no aprendió.
El 22 de septiembre se cumplió el
primer mes de su ida al mas allá en donde debe haberse encontrado con Bochita y
sus hermanos, estoy segura que están en la gloria y descansando en paz ya que
nunca hicieron daño a nadie, su vida fue de entrega y sacrifico por los demás,
aceptando con resignación lo que el señor, nuestro padre eterno, disponía para
ellos.
Adiós padre, se que le irá bien
en ese transitar, estas con los tuyos, con los Subero, aquí quedamos los Lugo.
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