Viendo un programa de TV en donde
una periodista preguntaba a una señora ¿Cómo se hace para vivir toda una vida
en extrema pobreza? Vino a mi mente la imagen de mi abuela paterna, la tan
querida y espectacular Ambrosia Subero, mejor conocida como Bocha, con su
historia de luchadora, agradecimiento, humildad y pobreza material. Cuando niña
era para mí una alegría inmensa verla venir por el camino con su bulto de cosas
en la cabeza, siempre flaquita, esa señora tenía una ternura especial, yo la
adoraba aunque no asistí a su entierro y nunca he ido a visitar su tumba en el
cementerio de Caripito.
En ese bulto que cargaba siempre nos llevaba, a mi hermana
Martha y a mí, cintillos y cositas para el pelo y muñequitas y tacitas, creo
que de allí viene mi gusto por esas cosas, sobre todo los cintillos; cuando
llegaba, siempre dormía con ella, realmente era feliz esos pocos días que ella
estaba con nosotros y no quería separarme de ella por eso nunc entendí la mala
voluntad que mi madre sentía hacia ella y todo lo que se le relacionara, y que
además pretendiera transmitírmelo, conmigo no lo logró; con el paso de los años
me di cuenta que eso no tenía sentido que mi madre estaba equivocada y que no
logró transmitirme esa mala voluntad hacia mi querida abuela.
Ella nació en Río Caribe, hija
única de una madre soltera, por supuesto muy pobre, los únicos familiares que
conocí de ella eran una señora llamada Vicenta Subero, quien según era su prima, y su esposo Domingo Ruíz; según me contó su
papá era un margariteño, que como era costumbre en aquella época, por ser Margarita
una isla muy pobre sus habitantes vivían en extrema pobreza y salían por
el mar hacia tierra firme para conseguir sustento, uno de esos pueblos a donde
llegaban era Río Caribe por su cercanía
a la isla; a esas playas de Río Caribe llegó ese señor, de quien ella nunca
supo su nombre, y si lo supo lo olvidó con el tiempo, ni tampoco llegó a conocerlo; en esas arenas
de playa se enamoró de una riocaribera y procrearon un ser.
El margariteño aventurero siguió su
camino y regresó a la isla, sin saber que había engendrado a un ser en su
aventura en las playas de Río Caribe; al cabo de un tiempo se entero por
intermedio de otros paisanos que también visitaban las mismas playas que tenía
una hija de su amor de la playa y decidió que regresaría para conocer a su hija
y se aventuró nuevamente al mar con tan mala suerte que en altamar le dio un
ataque de diarrea (tal vez cólera) y murió en la travesía, habiendo sido su
cuerpo arrojado al mar, por lo que mi pobre y tan querida abuela nunca pudo conocer a su padre, ni saber quién
era su familia y su recuerdo quedó en el olvido.
Su madre siguió luchando como
vendedora de pescado fresco con una batea en la cabeza, caminando por esas
calles de Río Caribe y recorriendo las poblaciones rurales aledañas, siempre
acompañada por su hijita, pero un mal día siendo mi abuela Bocha muy joven su
único soporte también murió, ella no supo de que, lo que representó un golpe muy fuerte para
ella, ya que quedó en completa orfandad; sólo tenía de familiar a una prima de
su mamá y allá fue a vivir con la prima de su mamá por esa razón se crió junto a su prima Vicenta
Subero; pero según me contó siempre fue mal vista y mal tratada en esa casa,
por eso cuando pudo consiguió una batea prestada y comenzó a ejercer el único
oficio que había aprendido de su mamá “vender pescado fresco”, caminando con
una batea en la cabeza, por las calles
de Río Caribe y sus alrededores; en esos andares conoció en el mercado de la
playa a un galán que la dejó impactada, era alto, blanco de buenas facciones
con un arreo de burros y un bello caballo; dicho señor venía de los campos a
vender sus cosechas y a comprar provisiones para su hacienda; se conocieron y
agradaron, después supo que ese señor se llamaba José Ignacio Fernández,
conocido como Ignacio Fernández y que venía de un lugar llamado Catuaro Arriba
y que tenía haciendas de cacao y café y una familia con esposa e hijos.
Todas las semanas ella acudía al
mercado justo el día que ese señor venía , sólo para verlo y se enamoró con
toda su alma, ese era su amor, aunque él no lo sabía; se dio la circunstancia
que en la casa de su prima decidieron buscarle novio a todas las muchachas para
que se casaran y se fueran, por que ya eran una carga, entonces a mi abuela le
buscaron un novio que a ella no le gustaba por que según me dijo era un negro
feo y por que supongo ya ella estaba muy enamorada del señor del campo aunque
en la casa de su prima no lo sabían y decidió que con ese novio que le buscaron
no se casaría por que no iba a vivir obligada con nadie y que ni siquiera le
gustaba; entonces sin que se dieran cuenta hizo un bulto con 2 pantaletas, 2
fondos y 2 vestidos y esperó el día que su galán venia a vender su cosecha y
salió de su casa como todos los días a comprar y vender su pescado fresco pero
decidida a irse con su amor, y así fue, cuando el señor llegó se le acercó y le
dijo, ya con la confianza establecida a lo largo del tiempo, lo que estaba
pasando en su casa y que ella estaba decidida a irse con él; en eso convinieron
y después del medio día, una vez realizada las ventas, se fue detrás de los
burros y de su galán llegando a Catuaro Arriba al anochecer y así se interno en
las haciendas, pasando mucho tiempo para que volviera a buscar a su familia, quienes
no habían sabido nunca más de ella y tampoco se habían preocupado en conocer su
paradero.
Ella llegó a la casa de la
familia del señor como una trabajadora, ayudaba en la casa y en las haciendas;
por supuesto el galán la hizo su mujer y quedó embarazada de su primer hijo; la
esposa del galán no se daba cuenta de lo
que estaba pasando; pero un días estando todos alrededor de la mesa una persona
que leía las cartas develó el secreto y mi abuela tuvo que salir, una vez mas,
de la casa donde vivía; pero su galán no la abandonó, dispuso para ella una
casita en las mismas haciendas apartada de la casa principal, su esposa no se
opuso, dándose la casualidad que su primer hijo, al que llamó Luis Subero,
nació el mismo día que el primer hijo varón de la esposa, al que llamarón
Emilio Fernández.
Desde allí comenzó su gran lucha
por la vida y por su familia y el galán con su doble familia; como se decida en
aquellos tiempos una legítima y una bastarda, procreando 9 hijos en cada
familia, en mi abuela Bocha a Luis, Elena, Jesús (mi padre), Antonio, Mercedes,
Francisco, Ana Julia, Margarita y Petra; y en la esposa a Dolores, María,
Emilio, Carmen Antonio (era varón), Genaro, Teodora, Yolanda, Marina y la
Catira, no sé como se llamaba pero fue la más desdichada, murió de una
enfermedad infecto-contagiosa creo que tuberculosis, Bocha me dijo que la
aislaron en un rancho en el monte y ella era la única que la atendió,
llevándole comida y agua y cocinándole hierbas; esa era la mamá de Felipe,
quien aún vive en Catuaro. Mi abuela siguió trabajando en las haciendas y
pariendo hijos; cuidando de sus hijos y de los de la esposa; hasta que un día
murió la señora de la casa y mi abuela tuvo que hacerse cargo de las dos
familias, terminando de criar a los huérfanos.
El galán nunca se casó con ella
pero tampoco la abandonó, disponiendo
siempre para ella y sus hijos una modesta casita cercana a la casa principal,
pero nunca le dio pertenecía legal sobre esas casitas ni sobre ninguna hacienda
ni terreno alguno; ella fue una esclava mas, pero que lo adoró toda su vida;
por eso una vez que el galán muere mi abuela quedó totalmente desprotegida; aunque la mayoría de
sus hijos estaban crecidos ella quedó en
estado de embarazo de su última hija, a la que llamó simplemente Petra; allí comenzó
otra etapa amarga en su vida, sobrellevada con humildad y mucho buen humor; ya
que tenía una capacidad innata para aceptar las desgracias de su vida y una
chispa para ubicar el lado bueno de las situaciones cotidianas.
Mi abuela Bocha nunca disfrutó de
una propiedad, a parte de sus vestidos, trapos y cachivaches; nunca tuvo una
casa propia, siempre vivió en casas de alquiler o recostada en casas ajenas;
pero todo lo sobrellevó con la mayor humildad y conformidad; nunca la oí
quejarse, así como tampoco nunca la oí hablar mal de nadie.
Regresó a vivir a Río Caribe cuando
las hijas de Carmen Fernández crecieron y las mandaron a estudiar a la escuela
primaria, ya que en Catuaro no había
escuela; entonces ella se dedicó a cuidarlas en una casa que alquilaron para
que vivieran, con ella cargaba a su hija más pequeña a quien también
inscribieron en la escuela. Cuando todas completaron su educación primaria
fueron enviadas a Caracas con una tía materna radicada en esa ciudad y mi
abuela continúo peregrinando con su pequeña hija Petra.
Entre las poblaciones de El
Tigre, Anaco, Buena Vista, Santa Ana, Aragua de Barcelona, Caripito, Carúpano y
Catuaro transcurría su vida; a su pequeña hija tal vez la estabilizó en El
Tigre donde vivía su hija mayor; culminando su primaria y haciendo un curso de
secretaria. A mediados del año 1.971 decidieron residenciarse en Carúpano,
Petra consiguió trabajo en la prefectura de la parroquia Santa Rosa y
alquilaron una casita en la urbanización Curacho, allí fui a vivir con ellas a
cursar el segundo año de bachillerato en el liceo Simón Rodríguez y permanecí
con ellas hasta que culminé el bachillerato y me fui a estudiar a la UDO en
Ciudad Bolívar.
Después ellas se mudaron a Barrio
Bolívar, después al lado a la calle Páez, viviendo allí Petra tuvo a sus hijos,
la China y el Chicho; en esa casa Bocha se cayó y quedo inválida por 5 años
cuando volvió a caminar; como tuvieron que entregar esa casa, a Bocha se la
llevaron para El Tigre y Petra se mudó a una casita en la calla Principal de
San Martín de allí se mudó a la calle Principal de Valle Nuevo y después junto
con Griseida al callejón frente a la Iglesia San Martín de allí se fué para Anaco; Bocha estaba muy enferma en
Aragua de Barcelona desde donde la trasladó mi tío Antonio hasta Caripito con
la mala suerte que murió en la vía y fue enterrada en el cementerio de Caripito
donde ella siempre dijo que no quería que la enterraran allí por que quedaba
muy lejos y nadie la iva a ir a visitar y así ha sido; murió en Marzo del año
1.985, yo no pude ir a su entierro ya que en esa época estaba trabajando
preaviso en Minerven en El Callao; han transcurrido 26 años y aún no he
visitado su tumba, es una deuda pendiente que tengo; mi tío Antonio murió hace
dos años y su familia está muy mal, aunque viven en la misma casa.
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